Pronunciamiento 8M

Observatorio de Géneros, Diversidades y Disidencias  – Colegio de Psicólogues

El 8 de marzo nos convoca a interrogar el trabajo

No es una fecha simbólica ni abstracta. El Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras nace de luchas concretas contra jornadas extenuantes, condiciones degradantes y formas de explotación que convertían el trabajo en sometimiento.  A 118 años de las históricas protestas de las mujeres en New York, seguimos reclamando por iguales derechos:  la jornada de ocho horas, el descanso, el derecho a organizarse y a huelga, las vacaciones y la protección frente a la enfermedad. Ayer fueron conquistas históricas y  hoy son reclamos actuales. Ayer como hoy se trata de derechos  frente a condiciones que rozan la esclavitud.

Nuestra profesión es ejercida mayoritariamente por mujeres y diversidades. Este rasgo no es meramente estadístico: incide en cómo se organiza la práctica, cómo se remunera y qué nivel de protección recibe.

Las profesiones feminizadas han sido históricamente asociadas al cuidado, la escucha y la empatía como si se tratara de disposiciones naturales. Esa atribución no responde a una esencia sino a una construcción cultural que asigna a mujeres y diversidades la responsabilidad de sostener la vida, lo afectivo y lo comunitario. Cuando el cuidado se interpreta como inclinación espontánea y no como trabajo, pierde valor económico, jerarquía institucional y protección normativa.

En nuestro campo, esta naturalización se traduce en exigencias de disponibilidad permanente, apelaciones constantes a la vocación y mayor tolerancia social frente a la precarización. El compromiso subjetivo se presupone; la estabilidad material se posterga.

A ello se suma la persistente división sexual del trabajo en la vida familiar. Las mujeres continúan asumiendo de manera desproporcionada las tareas domésticas y de cuidado no remuneradas. Las diversidades enfrentan, además, mayores barreras de acceso y permanencia laboral. Esta organización desigual no solo implica más horas de trabajo: condiciona trayectorias profesionales, limita ingresos y reduce márgenes de autonomía frente a escenarios de inestabilidad.

El trabajo es un organizador central de la vida psíquica y social. Brinda reconocimiento, inscripción y posibilidad de proyecto. Cuando las condiciones laborales se vuelven frágiles, ese orden se altera: se dificulta planificar, sostener procesos a largo plazo y construir trayectorias consistentes.

En este contexto, la reforma laboral, que se debate en el congreso, no puede analizarse como una simple actualización normativa. En todos los puntos la supuesta actualización se realiza en detrimento de lxs trabajadorxs. La ampliación de modalidades contractuales flexibles, la reducción de indemnizaciones, la relativización del derecho a huelga, la posibilidad de extender jornadas, la incertidumbre en torno a vacaciones y licencias, y el traslado del riesgo hacia la trabajadora individual modifican de manera concreta nuestras condiciones de vida. 

Cuando el descanso deja de ser un derecho garantizado y pasa a depender de decisiones unilaterales; cuando la jornada puede extenderse más allá de límites claros; cuando la estabilidad se vuelve excepción y no regla; cuando reclamar implica exponerse a perder el sustento, el trabajo comienza a ocuparlo todo. Y un trabajo sin límites reales, sin protección efectiva y sin capacidad de defensa colectiva se aproxima peligrosamente a formas de explotación que el movimiento de mujeres y trabajadoras denunció desde sus orígenes.

En una profesión mayoritariamente ejercida por mujeres y diversidades, estas transformaciones no operan sobre un terreno neutral. La extensión de la jornada formal no elimina la jornada doméstica no remunerada. La pérdida de estabilidad no reduce responsabilidades de cuidado. La incertidumbre económica se superpone a desigualdades históricas.

Cuando la estabilidad se debilita en sectores feminizados:

Se consolida el pluriempleo como única estrategia de sostén.

Se intensifica la fragmentación contractual.

Se naturaliza la incertidumbre como forma permanente de organización del trabajo.

Se reduce la capacidad de negociación colectiva.

La precarización deja de ser excepcional y pasa a ser estructural.

Al mismo tiempo, asistimos a discursos que desacreditan la perspectiva de género y relativizan las desigualdades estructurales, promoviendo lecturas individualizantes de problemas colectivos. En materia laboral, esto se traduce en presentar la flexibilización como modernización necesaria, invisibilizando que la desregulación impacta de manera diferenciada según la posición que cada colectivo ocupa en la estructura del trabajo.

La regulación estatal del trabajo no es un exceso: es un dispositivo de protección frente a desigualdades preexistentes. Debilitar esos marcos en profesiones feminizadas implica reforzar asimetrías que el mercado no corrige por sí mismo.

Desde este Observatorio de Géneros Diversidades y Disidencias afirmamos que, en una profesión mayoritariamente ejercida por mujeres y diversidades sexogenéricas, la defensa gremial del trabajo es parte constitutiva de la agenda de género. Las condiciones en que se ejerce la Psicología expresan cómo se distribuyen el reconocimiento, la estabilidad, el tiempo y la posibilidad de proyectar una vida.

La feminización no puede seguir traduciéndose en mayor tolerancia a la precariedad. La estabilidad laboral no es un privilegio; es una condición para el ejercicio responsable de la profesión y para la continuidad del cuidado que la comunidad requiere.

Sin jornada limitada no hay descanso real.

Sin derecho a huelga no hay defensa efectiva.

Sin estabilidad no hay igualdad sustantiva.

La Psicología es trabajo, defenderlo es defender condiciones de vida digna, la lucha siempre es hoy, y la salida es colectiva.

Por eso, este 8M nos encuentra organizadas defendiendo nuestro trabajo y los derechos que lo hacen posible.

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