¿En qué momento se nos hizo cotidiano, un hábito decir “NI UNA MENOS”, en qué momento o bajo qué racionalidad se inscriben y tienen lugar los cientos de asesinatos diarios de mujeres, niñas y adolescentes?
Hoy es Agostina, antes Delicia y Delfina; la lista continúa. En lo que va del año, más de 100 mujeres y niñas fueron víctimas de femicidios.
Mientras buena parte de la sociedad niega las violencias machistas o se hace eco del discurso mediático de las “falsas denuncias” —como si una excepción desmintiera miles de realidades que nunca llegan a la justicia y permanecen como “invisibles sociales”—, el relato dominante intenta instalar que cada muerta es responsable de su propio final.
El femicidio opera como recriminación y escarmiento “necesario” por salir de noche, andar sola, vivir libremente, vestir de tal manera o “elegir mal”. Una lista infinita de justificativos que se ofrecen cada día como espectáculos mediáticos para el aleccionamiento de todas.
Mientras el Patriarcado nos convoca al silencio, al sometimiento, al encierro y al terror —mujeres quemadas, descuartizadas, ahorcadas, violadas—, es tal la letalidad que las razones y las salidas se borronean…
Frente al dolor y al horror, los Feminismos proponen la palabra, la lucha, los gritos, los encuentros, el no quedarse solas. Proponen lo público, los abrazos, la rebeldía, el deseo, el hacer comunidad, el coraje y la afectividad como racionalidad y como caminos.
Quizás una de las derrotas más profundas de nuestra época no sea solo la persistencia de los femicidios, sino la capacidad social de acostumbrarse a ellos. La repetición de nombres y estadísticas nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿cómo convive una sociedad con una violencia que declara repudiar? ¿Qué mecanismos culturales, políticos y afectivos permiten que el horror se vuelva costumbre?